YACIMIENTO DOCE. 2019

EL SONIDO DEL TIEMPO

EDSON ZAMPRONHA

Símbolo Ancestral

Los aspectos visuales de la obra son una relectura de fragmentos de pinturas ancestrales dejadas por nuestros antepasados. Algunas pinturas, principalmente las abstractas, me dejaron impresionado porque las podía leer como si fueran signos musicales. Es decir, estos signos eran como una partitura para mí. Es fascinante pensar que, aunque no lleguemos a descubrir qué significan estos signos ancestrales podemos entenderlos a través de su expresión gestual. El gesto, tanto sonoro como visual y del observador es el centro de atención de esta obra. Las imágenes son la transformación del sonido bruto en un gesto que le representa visualmente, y las calabazas son resonadores muy antiguos que amplifican los sonidos producidos por estos gestos. Sin embargo, esta partitura suena solamente si alguien se acerca y se mueve para escucharla.

E.Z.

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Edson Zampronha. Enigma delicioso.

 

Edson llega de Oviedo y, en cuanto podemos, nos vamos al espacio donde va a estar su pieza. Por el momento no es más que un cubículo pintado de negro y Edson me explica, muy escénicamente, cómo va a ser la instalación. Su pieza no es sólo una obra sonora, sino que ha hecho un esfuerzo por traducir visualmente la idea, por experimentar entre dos medios. En proyectos anteriores ya ha trabajado con estas interacciones, por ejemplo, con la dimensión gráfica de notaciones y partituras, que le permiten dar cuenta de la visualidad del sonido. Ahora se trata de darle otro tipo de representación material al sonido. Además, le interesa que la experiencia sonora que va a proponer sea también una experiencia de tiempo, que fluya. Quiere dar duración, recorrido y sentido a la mirada y al cuerpo. Encarnar las distintas variaciones de percepción sensorial.

 

La instalación va a seguir una secuencia que Edson me narra a través de palabras, sin tener ninguna de las piezas delante. Se trata de otro ejercicio de traducción. Esta vez de hacerle ver a mi imaginación una obra que todavía no está montada. Edson va a proponer una experiencia de aprendizaje que tiene dos planos. Por un lado, la del visitante, que ha de ir descubriendo un enigma (delicioso, lo llama) mediante un viaje sonoro. Por otro, nos pide especulemos sobre nuestros antepasados, de los que no sabemos casi nada. Para salvar esa distancia, una posibilidad es pensar desde el cuerpo. Me dice: “nuestro cuerpo y el suyo son muy parecidos, a partir de la ergonomía del cuerpo puedo entenderle”.

 

Salimos para ver los elementos que componen la pieza, que están en el coche. Abrimos el maletero y aparecen lienzos y calabazas, una combinación que pone un punto de magia al parking del Carex. Edson me explica con detenimiento cómo ha conseguido las distintas texturas y efectos, visuales y sonoros, la importancia que tiene que los materiales expresen lo que intenta hacer. Es un momento opuesto al del comienzo: hay que imaginarse cómo van a funcionar esas piezas en el espacio. Al irme, lo único que me falta es haber escuchado cómo suenan. O.F.L.

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