YACIMIENTO DOCE. 2019

TIEMPO DESPLEGADO

JOSÉ IGNACIO GIL

A la sombra del quercus

Atapuerca ha proporcionado el fósil humano más antiguo de Europa occidental, datado en aproximadamente 1,2 millones de años. En el nivel donde se localiza el hallazgo se identifica polen de encina y roble, presente en toda la estratigrafía del yacimiento hasta la cota cero. Ambas especies arbóreas del género quercus, que caracterizan la actual masa vegetal de la sierra, acompañan, por tanto, la línea del tiempo de la evolución humana en esta zona geográfica.

Se evoca el yacimiento como un laberinto de líneas interconectadas que alberga el relato del pasado y pone en relación las características de un territorio con la presencia o ausencia del hombre. La geometría de un puzle.

J.I.G.

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José Ignacio Gil. Cambiar la escala.

 

La charla con José Ignacio, la última de ese día, la tenemos cayendo la noche y el frío. Es de los primeros que ha conseguido dejar colocada su pieza y nos acercamos a verla. Me enfatiza la importancia de su ubicación definitiva, que ha de leerse en varios planos: la obra, la rejilla y su ventana, y el roble al fondo. Me resulta significativo que haya optado por evitar el muro blanco y que su telón de fondo sea el exterior, reforzando la conexión que el propio edificio establece entre estas dos realidades: el Centro de Arqueología Experimental y el paisaje.

 

En el origen de la pieza está una reflexión sobre la presencia de polen de encina y roble a lo largo de los 1,2 millones de años que cubre el yacimiento. Estas especies han acompañado la evolución de nuestros antepasados y perviven en el paisaje de Atapuerca hasta hoy. Al hilo de la constatación de esta continuidad José Ignacio lanza la pregunta de por qué no es posible ahora vivir en la España vaciada. Se trata de una cuestión sobre la que previamente han trabajado temáticamente otros artistas de esta exposición y que goza de una aparente actualidad al haber adquirido una cierta presencia mediática en los últimos meses. El despoblamiento ha roto esta cadena de tiempo, condenando al olvido y a la destrucción experiencias, conocimientos y culturas acumulados a lo largo de siglos. José Ignacio me enseña en su móvil las piezas realizadas para Néxodos 2017 en San Román de Candamo, un proyecto que enlaza el arte contemporáneo y el medio rural. En sus obras reflexionaba sobre las amenazas que se ciernen sobre éste. El uso de escombros y materiales encontrados, alejados de toda grandilocuencia, refuerza la fragilidad que se pretende proyectar.

La conversación deriva hacia las obras que Manuel fotografió en su estudio, las más recientes, que todavía no ha expuesto. Me cuenta que son una re-elaboración evocativa de aperos de labranza que se materializan entre el amuleto y el humor. Antes de preguntarle por la relación entre sus obras y su escritura reparo en que éstas funcionan como poesías, imágenes urgentes que llaman a pensar desde las sensaciones. Esta ligereza y su escala intimista impulsan un sentido desacralizador y lúdico.

Al filo de las nueve recogemos y vamos cerrando el edificio. Al salir, Lola nos llama la atención sobre el modo en que la pintura roja que se filtra por la celosía de la pieza parece iluminarla desde dentro. Visualizo una escultura hecha de ascuas. O.F.L.

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